No temerás… aunque todo asuste

No temerás el terror nocturno, ni saeta que vuele de día, ni pestilencia que ande en oscuridad, ni mortandad que en medio del día destruya. — Salmo 91:5–6
Hay miedos que se despiertan con el sol y miedos que solo aparecen cuando se apagan las luces. De día, el alma se siente perseguida por noticias, por correos electrónicos, por citas pendientes, por cuentas que no cierran, por responsabilidades que pesan en los hombros. De noche, cuando el ruido baja, aparecen los “¿y si…?”: “¿Y si me enfermo?”, “¿Y si pierdo el trabajo?”, “¿Asi algo le pasa a mis hijos?”, “¿Y si no logro salir adelante en este país?”.
El salmista no niega la existencia de esos temores. Dios no nos pide que finjamos que no pasa nada. Pero en medio de ese paisaje emocional tan real, el Salmo 91 declara algo sorprendente: “No temerás el terror nocturno, ni saeta que vuele de día”. Es como si Dios dijera: “Yo conozco tus miedos de día y tus miedos de noche, y quiero que sepas que ninguno de ellos es más grande que mi presencia”.
Esto no significa que el peligro desaparece, pero sí significa que el miedo deja de gobernar tu vida. La diferencia no está en lo que pasa afuera, sino en quién camina contigo por dentro. Vivimos en una época donde la ansiedad se ha vuelto compañera constante. Muchos se duermen con el celular en la mano, despiertan varias veces para revisar notificaciones, llenan la mente de imágenes, noticias y comparaciones que solo amplifican el miedo. ¿Qué pasaría si, en lugar de correr a la pantalla, corriéramos al corazón de Dios?
Destacado:
No siempre puedes controlar lo que pasa en el mundo, pero sí puedes decidir quién guarda tu corazón en medio de ese mundo.
La próxima vez que el miedo te despierte de madrugada, en vez de abrir la aplicación de turno, puedes abrir un versículo, una oración, un suspiro honesto hacia Dios: “Señor, tú conoces mi terror nocturno. Sabes lo que me quita el sueño. Hoy te entrego mis ‘¿y si…?’ y recibo tu paz. Guarda mi mente, guarda mi corazón. Quiero aprender a descansar bajo tu sombra”.
Y cuando llegue el día y las “saetas” modernas —mensajes, noticias, decisiones— empiecen a volar, recuerda que la misma presencia que te acompaña en la noche te sostiene en la luz del mediodía. En Cristo, el miedo ya no tiene la última palabra. La tiene Su paz.
